La galaxia azteca de Johan Cruyff

[Fotografía: Kent Kallberg | NASL]

El mismo año en el que los New York Cosmos se posicionaron en el mapa del fútbol mundial con la contratación de Pelé, Los Angeles Aztecs contraatacaron con la contratación de George Best, el arquetipo del futbolista maldito, con un talento infinito que terminaba desperdiciándose por el sumidero de los bares de Inglaterra. Junto a Best llegó Roy Davies, jugador con una experiencia contrastada en el Southampton que pasó sin pena ni gloria por la NASL, un torneo que buscaba generar una gran rivalidad entre Los Ángeles y Nueva York en aquel momento.

Contradiciendo a los prejuicios que su propia figura pudiera despertar, el paso de Best por Los Ángeles no fue el tan manido retiro dorado. Sus primeros años fueron bastante productivos junto a su amigo Bobby McAlinden, un jugador semidesconocido en Inglaterra con el que aterrizó en EE.UU. Marcó 15 goles en 26 partidos y fue nombrado All Star de la competición en 1976 y 1977, aunque estos logros no fueron suficientes para atraer a un gran número de espectadores a El Camino Junior College y el LA Coliseum, dos de los numerosos hogares de los Aztecs durante sus escasos siete años de existencia.

El desamor entre George Best y Los Ángeles Aztecs llegó por la falta de reciprocidad en lo futbolístico. El quinto Beatle reconoció en su autobiografía que el hecho de estar en la NASL le ayudaba a combatir su alcoholismo, pero no veía que el club hiciese esfuerzos por reforzar la plantilla y rodearlo de un grupo humano que pudiese aspirar al título. Incluso tenía que hacer correcciones a unos entrenadores que no pasaban del nivel amateur, algo que para alguien que había sido leyenda en Inglaterra resultaba como mínimo frustrante.

Best puso fin a su etapa azteca en 1978, poniendo rumbo a los Fort Lauderdale Strikers e impidiendo que se viera una de las duplas ofensivas que hubieran pasado a la historia del fútbol. Tan sólo un año después, el cuerpo técnico se profesionalizó radicalmente. Rinus Michels, autor de una de las revoluciones más bellas del fútbol europeo en las últimas décadas -suya es la huella del fútbol total holandés- y reconocido como Entrenador del Siglo por la FIFA, se hizo cargo de la franquicia angelina, y junto a él aterrizó Johan Cruyff después de abandonar el Barcelona.

Cruyff fue la segunda parte de la estrategia de impulso mediático por parte de la NASL. Si en 1975 Cosmos y Aztecs se habían repartido a Pelé y Best, en 1978 fue el turno de Franz Beckenbauer (New York) y Cruyff, aunque el holandés llegó a vestirse la camiseta de los Cosmos en algún amistoso previo y sus derechos eran de la franquicia neoyorquina.

La asistencia media a los partidos de los Aztecs aumentó considerablemente tras la llegada del 14 de la selección holandesa. Con Best se dio un salto de los 5.000 a los 8.000 espectadores, mientras que tras la llegada de Cruyff se llegó a un pico histórico de 14.000 personas en The Forum, su nuevo hogar. El holandés declaró que había llegado a Los Ángeles con la intención de desarrollar el fútbol en un lugar en el que no era popular, por eso se decantó por los Aztecs y no por los Cosmos. La prensa estadounidense de la época enmarca el salario de Cruyff en 1,4 millones de dólares por dos temporadas, mientras que en Nueva York la cifra se habría elevado hasta los cinco millones, un montante bastante parecido al que cobran hoy día algunos jugadores franquicia de la MLS. Además, al poseer los Cosmos los derechos federativos de Cruyff, éste fue demandado, por lo que tuvo que poner de su bolsillo otros 600.000 dólares. Económicamente, la etapa de Johan Cruyff en Los Ángeles no pareció excesivamente productiva.

La gente no se pasa de la raya aquí”. Ésta fue una de las primeras impresiones de la estrella tulipán en Los Ángeles, al contrario que en Barcelona, donde la familia Cruyff se vio obligada a comprar dos dóberman por seguridad. Su primer año en el fútbol estadounidense no dejó una mala impresión, igual que sucediera con George Best. Además de acaparar el interés de la gente, el equipo consiguió llegar a las semifinales de la NASL, y Cruyff fue nombrado All Star al terminar la temporada, en lo que sería el principio del fin de Los Angeles Aztecs.

Alan Rothenberg, tercer propietario de la franquicia tras su fundador Jack Gregory y sir Elton John (su amor por el fútbol ha ido más allá de la presidencia del Watford), decidió vender la franquicia en 1980, en lo que él consideró un error de timing en su búsqueda por implantar el fútbol en la sociedad estadounidense. Tres años después de adquirir la propiedad de los Aztecs, decidió saltar del barco, en lo que finalmente supuso un movimiento previsor por parte del empresario, que se anticipó al hundimiento de una NASL que despilfarraba dinero sin preocuparse de apuntalar los cimientos. En la actualidad, Rothenberg es miembro del Salón de la Fama del fútbol estadounidense, considerado como uno de los constructores de la infraestructura actual del soccer.

La nueva propietaria de Los Ángeles Aztecs pasó a ser la cadena de televisión mexicana Televisa, lo que se produjo durante un desagradable conflicto de tinte racial que afectaba a la NASL en aquellos años. La comunidad latina denunciaba que la competición estaba elaborando e implantando normas para americanizar el soccer, y la tensión llegó a tales extremos que el diario L.A. Times tuvo que publicar una noticia titulada Los Aztecs se quedarán al norte de la frontera, en Pasadena, explicando en el cuerpo de la noticia que se mantendrá el estadio en Los Ángeles -el Rose Bowl- y no se contrataría un entrenador mexicano -terminó siendo brasileño-. Una de las primeras medidas de los directivos de Televisa al acceder a la franquicia fue la de traspasar a Johan Cruyff a los Washington Diplomats, un nuevo fiasco para la afición que, esta vez sí, comenzó a ir abandonando las gradas a medida que los Aztecs continuaban su descomposición a la par que la NASL. La franquicia angelina vivió su último año en 1981, mientras que la liga duró sólo cuatro años más.

La historia de Los Ángeles Aztecs está plagada de interrogantes en condicional que nunca podrán ser respondidos. Nunca se podrá saber cómo hubiera funcionado un equipo liderado sobre el terreno de juego por George Best y Johan Cruyff y guiado desde el banquillo por la sabia batuta de Rinus Michels, ni se sabe si hubieran podido cuestionar la hegemonía histórica de la NASL a los New York Cosmos. Todo eso pertenece al fútbol ficción, pero lo que ha quedado realmente para la historia es que el único título que consiguieron los Aztecs llegó antes de que la galaxia futbolística irrumpiera con más fanfarria que orden. De los campeones de 1974 nadie se acuerda, pero es justo reseñar que los verdaderos héroes de la historia de Los Angeles Aztecs fueron el rookie Doug McMillan y Tony Douglas. McMillan anotó el gol que supuso el 3-3 definitivo en la final frente a los Miami Toros en el Orange Bowl, y Tony Douglas fue el encargado de marcar el quinto penalti de la tanda que dio el título de la NASL a los angelinos. El antihéroe de la tarde fue el toro Roger Verdi, quien enviaría el balón por encima del larguero en el único fallo de Miami en la tanda, al más puro estilo Roberto Baggio. Aquellos Aztecs del 74 no tuvieron réplica en el futuro inmediato, y cayeron en el olvido del fútbol estadounidense de forma inevitable, arrastrados por la grandeza de un faraónico proyecto con pies de barro.

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